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Lee Byung-hun, el alma oculta de El Juego del Calamar: entre máscaras, tensión y un fenómeno global

Lee Byung-hun, ícono del cine surcoreano y uno de los actores más versátiles de su generación, ha encontrado una nueva cima en su carrera gracias a su enigmático papel como El Líder en la exitosa serie de Netflix El Juego del Calamar. Aunque su aparición fue breve en la primera temporada, el impacto de su personaje y su evolución dramática lo posicionaron en el centro de una narrativa que se volvió fenómeno cultural a nivel mundial.

Antes de asumir el rol del enmascarado Hwang In-ho —ex ganador de los juegos convertido en titiritero de una siniestra maquinaria— Lee ya contaba con un currículum notable: películas como Joint Security Area, I Saw the Devil y The Fortress, además de éxitos en televisión como Mr. Sunshine y All In, cimentaron su prestigio. En Hollywood, su presencia también fue significativa, con participaciones en G.I. Joe y Terminator Genisys.

Pero fue la serie creada por Hwang Dong-hyuk la que lo catapultó a una dimensión de fama inédita. En una reciente entrevista con Forbes y durante su paso por The Tonight Show Starring Jimmy Fallon, el actor ofreció pistas sobre la esperada tercera temporada, que debutará el próximo 27 de junio, y reflexionó sobre la transformación de un proyecto arriesgado en un fenómeno sin precedentes.

Un rol inesperado

Lee reveló que la propuesta de interpretar al líder llegó mientras rodaba el drama Mr. Sunshine. Hwang Dong-hyuk, con quien había trabajado en The Fortress, le propuso el papel asegurándole que su participación sería breve y que solo requeriría una semana de grabación. “Gracias a mi relación con el director, acepté. Y así empezó todo”, recordó el actor.

Al recibir los guiones, su impresión fue ambivalente: “Los encontré únicos, muy originales y divertidos, pero pensé que era un riesgo enorme. Podía funcionar muy bien… o ser un desastre”.

A pesar del rol limitado en los primeros episodios, Lee insistió en comprender a fondo la psicología de su personaje. “Quizás el director se arrepintió de elegirme porque le hice demasiadas preguntas”, bromeó.

De estrella consolidada a ícono global

El propio Hwang Dong-hyuk no contemplaba continuar con una segunda temporada tras el éxito inicial. “Perdió siete dientes por el estrés, y dos más durante la segunda”, reveló Lee. No obstante, la presión de los fanáticos y el impacto global de la serie obligaron al director a replantearse su decisión. “Pasar de no tener absolutamente nada planificado a construir una narrativa tan sólida demuestra su genialidad”, afirmó el actor.

Uno de los mayores desafíos interpretativos fue encarnar tres identidades: El Líder, Hwang In-ho y Oh Young-il, el nombre falso con el que el personaje se infiltra en los juegos. “Me sorprendió mucho esa decisión del guion. Incluso yo no lo esperaba”, confesó.

Entre el control y el caos: escenas que marcaron la temporada

Lee compartió dos escenas que considera emblemáticas para su personaje. La primera ocurre durante el juego Mingle, donde debe asesinar a otro jugador en una habitación cerrada. “Quería que el espectador sintiera ambigüedad: ¿a quién están viendo realmente?”, explicó.

La segunda, durante un tenso diálogo con Gi-hun sobre el sacrificio por el bien común, fue clave para mostrar el progresivo deterioro moral de los protagonistas. “Esa pequeña sonrisa que esboza El Líder… era el momento que estaba esperando. Como si dijera: ‘Ahora tú también piensas como yo’”.

El legado de una máscara

Para Lee, el impacto de El Juego del Calamar va más allá del éxito comercial: “Fue una experiencia completamente nueva, aún difícil de procesar”. Lo comprobó en Los Ángeles, cuando fue recibido por dos mil fanáticos vestidos con los icónicos chándales verdes de la serie. “Había trabajado en Hollywood, pero nunca viví algo así. Que me recibieran así por una producción coreana fue profundamente conmovedor”.

En su reflexión final, el actor resumió con emoción el contraste que define a su personaje y a la serie: “Ambos, Gi-hun y El Líder, pasamos por un infierno. Pero tomamos caminos opuestos. Tal vez, en el fondo, una parte de mí deseaba que él tuviera razón. Que aún exista decencia humana en este mundo”.

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