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Los Héroes Anónimos del Alba

Por Jorge Palacios Alvear

En medio del frío inesperado de la madrugada, vendedores, voceadores y madres trabajadoras convierten el terminal terrestre en escenario de una silenciosa batalla diaria contra la pobreza y la falta de oportunidades.

 

Llegamos temprano a Portoviejo, la eterna “Ciudad de los Reales Tamarindos”, corazón palpitante de Manabí. A esa hora incierta en que la noche se resiste a morir y el día aún no termina de nacer, la ciudad parece suspender la respiración.

Eran las cinco de la mañana en el terminal terrestre. El aire, sorprendentemente frío para una ciudad costeña, se colaba entre las bancas metálicas y las puertas de vidrio empañado. No había casi nadie, pero las voces ya estaban allí, como fantasmas que no duermen:

—¡Guayaquil! ¡Guayaquil!

—¡Manta! ¡Manta!

Los gritos se repetían con una insistencia mecánica, aunque no hubiera pasajeros a la vista. Pensé, con una mezcla de ironía y tristeza, que tal vez esos hombres también voceaban en sueños, que la frase se les había incrustado en el subconsciente como una oración obligatoria. Repetir, repetir, repetir… hasta que alguien suba, hasta que alguien pague, hasta que el día rinda lo suficiente para llevar pan a la mesa.

En esas voces no había solo llamado comercial; había urgencia. Había miedo. Había necesidad.

Poco a poco comenzaron a llegar algunas personas: pasajeros adormilados, vendedores con termos humeantes, cargadores con la espalda encorvada antes de empezar la jornada. De pronto, se me acercó una mujer ofreciendo audífonos, cargadores y fundas para celular. Su sonrisa era apenas un gesto aprendido; en su rostro predominaba otra cosa: preocupación.

Necesita vender.

Me contó que tiene una hermana con discapacidad a su cargo y que solo puede trabajar hasta las nueve de la mañana. Después, el deber la llama en casa. Le calculé unos 65 años. Una edad que, en otro país, quizá significaría descanso, nietos, tardes tranquilas bajo un árbol. Aquí, en cambio, significa sobrevivir un día más.

Porque en Ecuador, la pobreza rural bordea el 42,9%. No es un número frío: son rostros como el suyo. Son madrugadas heladas en terminales casi vacíos. Son manos temblorosas acomodando mercancía que tal vez no se venderá.

Me levanté del asiento y caminé por el terminal. Un pequeño negocio ya estaba abierto. La mujer que lo atendía parecía estar en mejores condiciones: tenía un local alquilado, un mostrador ordenado, productos exhibidos con esmero. Pero su realidad tampoco era sencilla. Abre a las cuatro de la mañana y cierra a las ocho de la noche. Dieciséis horas de pie.

Es madre soltera. Tiene hijos que mantener. Prefiere el cansancio extremo antes que depender del bono estatal que oscila entre 50 y 150 dólares. “Prefiero trabajar”, me dijo, con una firmeza que no admitía réplica.

En sus palabras no había queja. Había dignidad.

Mientras el cielo empezaba a aclararse sobre Portoviejo, entendí que ese terminal no era solo un punto de partida y llegada. Era un espejo del país: hombres que gritan destinos con la esperanza de un pasajero, mujeres mayores vendiendo tecnología para sostener a sus familias, madres que cambian sueño por sustento.

Y entonces pensé en nosotros, en quienes muchas veces nos quejamos por nimiedades: el tráfico, la señal del celular, el café frío. Allá afuera, antes de que amanezca, hay quienes ya han librado una batalla silenciosa contra la escasez.

El sol finalmente apareció, tibio y dorado, iluminando el ir y venir de la gente. Pero la verdadera luz no estaba en el cielo. Estaba en esas personas que, pese al frío, al cansancio y a la incertidumbre, siguen levantándose cada madrugada para inventarse el día.

Esa es la otra cara de la ciudad de los Reales Tamarindos: la de los héroes anónimos que no salen en titulares, pero sostienen, con su esfuerzo diario, el peso entero de la esperanza.

 

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