Gaza, junio de 2025 – “¡El dron está despegado! No podemos dormir por el ruido”, dice Madleen Kullab al otro lado de la línea, interrumpida por el zumbido constante de la guerra. Su voz, cargada de cansancio, es la de una madre, una desplazada y una pescadora que ha visto cómo su mundo se desmorona desde el estallido del conflicto el 7 de octubre de 2023.
A sus 31 años, Madleen fue, durante años, una excepción en la costa gazatí: una de las pocas —quizás la única— mujer que salía a pescar en un mar limitado por bloqueos, escasez y amenazas constantes. Hoy, su realidad es distinta: vive desplazada, sin casa ni sustento, durmiendo en tiendas improvisadas y cuidando de cuatro hijos pequeños mientras espera un quinto.
Su historia de vida inspiró a la “Coalición de la Flotilla de la Libertad”, un grupo de activistas internacionales que decidió bautizar con su nombre una embarcación humanitaria que intentó, sin éxito, romper el bloqueo marítimo israelí para llevar ayuda a Gaza. El barco Madleen fue interceptado y su tripulación, deportada. Pero su nombre sigue navegando como emblema de una lucha silenciosa, cotidiana y profundamente humana.
“Perdimos todo”
“Desde que comenzó la guerra, nuestras vidas cambiaron por completo”, relata Madleen. “Perdimos nuestra casa, nuestros botes, nuestras redes. Ya no tengo nada, ni siquiera la posibilidad de regresar al mar”.
Antes de la guerra, la pesca era su sustento y su refugio. Acompañaba a su padre desde la infancia y, tras su enfermedad, se hizo cargo de la única fuente de ingresos de la familia. Madleen recuerda esa vida con añoranza: jornadas duras pero con dignidad, donde “al menos había algo para comer y la seguridad de poder dormir sin miedo”.
Pero incluso entonces, las condiciones eran duras. Las restricciones impuestas limitaban la pesca a unos pocos kilómetros de la costa, y cruzar esa línea podía costarles la vida. “Si querías recuperar una red arrastrada por la corriente, te arriesgabas a que te dispararan”, afirma.
Una vida desplazada
Desde su expulsión del hogar, Madleen ha vivido en una travesía incesante: de Al-Shifa a Khan Yunis, Rafah, Deir al-Balah y An-Nuseirat. Ha estado en todas partes, pero en ningún lugar. “El desplazamiento nos hizo olvidar todo. Ya no teníamos nada. Ya no hay mar para nosotras”.
A pesar del trauma y la pérdida, Madleen se sintió honrada cuando supo que un barco humanitario llevaría su nombre. “Un activista canadiense me dijo que me consideraban un símbolo de perseverancia, que querían nombrarlo así para homenajear mi historia. Me sentí orgullosa”, relata.
“Solo queremos vivir”
Madleen no es solo una pescadora; es madre de cuatro hijos: Sandy, Safinaz, Jamal y Wasila. Y espera otro bebé en medio del conflicto. La guerra, dice, les ha robado su infancia. “No hay escuela, ni juguetes, ni comida. Mis hijos me piden fruta o kabsa con pollo, pero no hay nada. Una sandía cuesta hasta 50 dólares. Es imposible”.
Las privaciones han llegado a un extremo insoportable. Sin agua, sin electricidad, sin refugio digno, la única petición de Madleen es clara: “Queremos una vida digna. Queremos que se levante el bloqueo. Somos personas pacíficas que solo quieren alimentar a sus hijos”.
El mar como memoria
La entrevista con Madleen se interrumpe varias veces por cortes de internet, pero antes de despedirse, deja una imagen grabada en la memoria: la de su infancia, junto al mar, donde su padre cocinaba pescado en una pequeña tienda de campaña. “El mar era todo para mí. Era duro, pero era libertad. Era vida”.
Hoy, ese mar está fuera de alcance. Pero su historia —como su nombre en el casco del barco interceptado— sigue flotando, desafiando la oscuridad con una voz firme que se niega a ser silenciada.







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