Cuando Viviana Ferrer terminaba agotada cada jornada de trabajo en un restaurante de Doral, lo hacía con los pies adoloridos y una idea fija en la cabeza: algún día abriría su propio negocio. En 2020, lo logró. En plena pandemia y junto a su socia Andrea Cabrera, compró un camión de reparto, lo convirtió en cocina rodante y nació Arepa Point, el food truck donde hoy despachan más de 200 arepas cada noche. “Y sentimos que esto apenas comienza”, dice Ferrer.
La historia de Ferrer es una de muchas que reflejan la transformación de Doral, una pequeña ciudad del condado de Miami-Dade, en un bastión del emprendimiento venezolano. Con un 32% de su población de origen venezolano, Doral se ha ganado el apodo de Doralzuela, un territorio que mezcla nostalgia, oportunidades y ahora, también, un creciente temor a la deportación.
Durante más de dos décadas, miles de venezolanos llegaron a esta ciudad en busca de refugio económico, político y emocional. Muchos invirtieron, abrieron negocios y encontraron aquí una nueva vida. Pero el panorama ha cambiado. Las recientes políticas migratorias del gobierno de Donald Trump, que eliminan protecciones como el TPS y revocan permisos humanitarios, han generado una ola de miedo en una comunidad que alguna vez fue mayoritariamente pro-Trump.
“Voté por él pensando que ayudaría a salir de Maduro, pero ahora nos ataca a nosotros”, confiesa una residente que pidió anonimato. El sentimiento es compartido por quienes llegaron sin papeles, con TPS o parole, y que ahora enfrentan redadas migratorias, detenciones y deportaciones, incluso desde la base naval de Guantánamo.
A pesar de la incertidumbre, el espíritu de la comunidad persiste. Artistas como Jorge Glem, ganador de un Grammy Latino, promueven la cultura venezolana en bares como El Maní, mientras activistas como Helene Villalonga luchan por los derechos de los migrantes. “Muchos se reinventaron e hicieron de Doral lo que es hoy”, afirma.
Sin embargo, la pregunta que recorre silenciosamente las calles de Doral cada noche es la misma: “¿A dónde vamos si no podemos volver a Venezuela?”.
Con sus luces de areperas, ritmos de salsa y aroma a café venezolano, Doral sigue siendo un hogar temporal para miles, aunque cada vez más frágil ante el vaivén de la política migratoria estadounidense. En medio de la nostalgia y la esperanza, su gente mantiene los pies sobre la tierra… y la vista puesta en el futuro.







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