La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (Conaie) se encuentra en un momento clave. Mientras las movilizaciones se concentran en la provincia de Imbabura, la dirigencia nacional ha dirigido sus esfuerzos hacia la campaña por el ‘No’ en la consulta popular del 16 de noviembre, un doble frente que evidencia tensiones internas, dispersión de objetivos y una creciente pérdida de cohesión organizativa.
Paro sin eco nacional
Las manifestaciones convocadas por la Conaie en rechazo a las medidas económicas del Gobierno han tenido un alcance limitado. Según el analista político Rafael Silva, más que un paro nacional, se trata de una movilización focalizada en ciertos territorios, con escasa articulación a escala nacional. Este cuadro ha debilitado la presión política que históricamente ha caracterizado al movimiento indígena.
El centro del paro ha sido Imbabura, provincia en la que la Conaie busca mantener una resistencia pacífica. Sin embargo, la movilización carece de respaldo contundente en otras regiones. Esto ha impedido que las demandas ganen fuerza en la agenda nacional y ha reducido la capacidad de negociación de la organización.
Un liderazgo en disputa
El ministro del Interior, John Reimberg, cuestionó abiertamente el rol del presidente de la Conaie, Marlon Vargas, a quien acusó de estar más enfocado en una agenda política personal —particularmente en torno a la oposición al referendo y la posible Asamblea Constituyente— que en liderar una protesta con legitimidad territorial.
«Las propias provincias o los propios sectores indígenas los han desconocido», afirmó el ministro en una entrevista con EcuadorTV. Según sus declaraciones, durante sus recorridos por zonas donde se han producido cierres viales, no ha encontrado un respaldo unificado hacia Vargas, lo que refleja una crisis de representatividad al interior del movimiento.
Entre la calle y las urnas: ¿una estrategia sin dirección?
La Conaie ha intentado sostener dos líneas de acción simultáneamente: la protesta social y la campaña política. Sin embargo, varios expertos coinciden en que esta dualidad ha generado más contradicciones que resultados.
La analista Sofía Guerrero sostiene que la estructura del movimiento no está preparada para mantener de forma efectiva ambas dinámicas. Por un lado, se requiere una base organizativa capaz de sostener la presión en las calles; por otro, se necesita una narrativa coherente que resuene con el electorado. La falta de sincronía entre estos frentes ha afectado la imagen pública del movimiento.
Andrés Obando, experto en comunicación política, advierte que este enfoque fragmentado ha diluido el mensaje. El paro comenzó como una reacción a la eliminación del subsidio al diésel, pero luego se sumaron otras demandas, como el incremento del salario básico y el rechazo a la consulta popular. Esta dispersión temática ha generado confusión entre las bases y ha restado claridad a la protesta.
Tensiones internas y pérdida de cohesión
La Conaie es una organización heterogénea que reúne múltiples corrientes políticas, liderazgos territoriales y generaciones distintas. Esta pluralidad ha sido, en ciertos momentos, una fortaleza, pero en el actual contexto se traduce en divisiones sobre el rumbo estratégico.
Las diferencias entre sectores más radicales y otros que promueven el diálogo con el Ejecutivo se han agudizado con el tiempo. Silva señala que esta fragmentación ha impedido la construcción de una agenda común y ha reducido la efectividad de la movilización.
Incluso se teme que algunos grupos provinciales busquen canales de negociación directa con el Gobierno, lo que afectaría aún más la unidad de la dirigencia nacional.
Legitimidad y percepción ciudadana
El impacto prolongado del paro sobre la movilidad, la actividad económica y la cotidianidad de varias comunidades ha generado una reacción adversa en ciertos sectores sociales. Esto ha mermado el respaldo popular que en otras épocas acompañó a la Conaie.
Guerrero advierte que el movimiento enfrenta una legitimidad limitada, tanto en el plano ciudadano como dentro de sus propias filas. La transformación de la protesta en una herramienta electoral requiere una narrativa convincente que conecte con la población, algo que, por ahora, no ha logrado consolidarse.
Obando insiste en que la legitimidad del movimiento está hoy estrechamente ligada a su capacidad de cumplir con los objetivos iniciales del paro. Los constantes cambios de enfoque y la ausencia de resultados concretos generan escepticismo.
Entre el desgaste y la necesidad de reorganización
La prolongación del paro sin avances visibles ha conducido a un desgaste acumulado que pone en riesgo tanto la movilización como la campaña electoral. Para Silva, la oportunidad de cerrar el ciclo de protestas de manera estratégica se perdió cuando los acuerdos iniciales no se cumplieron y las nuevas demandas no lograron el mismo nivel de adhesión.
A pesar de ello, Guerrero cree que una estrategia que combine presión social con apertura al diálogo puede fortalecer la imagen política del movimiento. Pero para que eso ocurra, la organización necesita reconstruir su relato, redefinir prioridades y proyectar una visión política coherente más allá de la confrontación.
El desafío: transformar la protesta en propuesta
La Conaie se enfrenta a una de sus pruebas más complejas desde el retorno a la democracia: demostrar que es capaz de trascender la movilización callejera y convertirse en un actor político con capacidad de interlocución, propuesta y gobernabilidad.
Este proceso exige disciplina organizativa, claridad discursiva y una estrategia comunicacional bien definida. La protesta, por sí sola, ya no garantiza legitimidad ni relevancia política. El futuro del movimiento dependerá de su capacidad para reconfigurarse, unificarse y conectar de nuevo con la ciudadanía.







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