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“Estamos vivos de milagro”: el bombardeo que convirtió un edificio civil en símbolo del ataque a Venezuela

Eran las 2:00 de la madrugada cuando un proyectil impactó de lleno en el departamento de Wilman González. La explosión fue tan violenta que lo lanzó contra la pared. “La onda explosiva me tiró contra la pared”, recuerda aún conmocionado el electricista de 54 años.

Tendido en el suelo, con el estruendo todavía retumbando en sus oídos, creyó que había llegado su final. “Abrí los brazos mirando al cielo y me despedí: ‘Dios, perdona todos mis pecados’”. Durante unos segundos, asegura, sintió que había muerto. Luego, el dolor lo devolvió a la realidad: una astilla de madera, desprendida de la puerta, se había incrustado en su rostro. Como pudo, se la retiró y fue a auxiliar a sus hermanos, aturdidos por el impacto.

El ataque ocurrió la madrugada del 3 de enero, cuando fuerzas militares de Estados Unidos bombardearon objetivos en Venezuela y capturaron al presidente Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores. Wilman vivía en el Bloque 12, un antiguo edificio residencial ubicado en Catia La Mar, estado La Guaira, a escasos metros de la Academia de la Armada Bolivariana, una de las principales instalaciones militares del país.

Habitado en su mayoría por personas de edad avanzada y familias de un barrio popular, el Bloque 12 —o lo que queda de él— se convirtió en uno de los símbolos más visibles del ataque ordenado por el presidente estadounidense Donald Trump. Aunque la ofensiva tuvo como objetivo principal infraestructuras militares y de comunicaciones, varios edificios civiles resultaron afectados.

Mientras Nicolás Maduro permanece detenido en una cárcel de Nueva York, acusado de cargos relacionados con narcotráfico, la presidenta interina Delcy Rodríguez asumió esta semana el control del país bajo tutela de Estados Unidos. Según el ministro del Interior venezolano, Diosdado Cabello, la operación dejó cerca de 100 fallecidos, entre civiles y militares.

Una muerte en medio de los escombros

Wilman sobrevivió. Su tía, Rosa González, de 79 años, no corrió la misma suerte. Dormía en la habitación contigua cuando el misil impactó.

“Ella empezó a gritar: ‘Ay, me duele, me duele el brazo’”, relata su sobrino. Una lavadora había salido despedida por la explosión y cayó sobre su cuerpo. Con dificultad, Wilman logró moverla y sentarla en una silla. Fue entonces cuando Rosa le dijo que no podía respirar.

La trasladaron de urgencia a un hospital, pero los esfuerzos médicos no bastaron. Rosa González murió horas después a causa de las heridas. Dos días más tarde, familiares y amigos la despidieron en una pequeña capilla, frente a una imagen de Cristo crucificado, con el ataúd semiabierto.

Hoy, Wilman vive temporalmente en casa de un cuñado. Frente a los restos de su antiguo hogar, no encuentra explicación a lo ocurrido. “Mira cómo quedó… no es justo, no es justa esta vaina”, dice, señalando los escombros. Asegura que la parte más grande del proyectil cayó en el cuarto de su tía. Los restos del misil, cuenta, fueron retirados por las autoridades.

“Estamos asustados. Nosotros nunca hemos estado en una guerra”, repite. Luego alza la voz, con rabia contenida: “¡No a la guerra! La guerra no hace falta. Lo que hace falta es comer, vivir”.

“Pensé que eso solo pasaba en las películas”

En el mismo edificio vivía Jorge Cardona, de 70 años. Estaba en la sala de su departamento cuando escuchó un ruido ensordecedor y, de inmediato, la explosión.

“Vi la llamarada y todo voló”, relata. La pared del departamento vecino colapsó sobre su vivienda y arrasó con muebles y pertenencias. Quedó tirado en un pasillo, cubierto de polvo y escombros. Cuando logró reaccionar, se vistió a toda prisa y salió a buscar a los vecinos.

“Yo pensé que nos estaban atacando, pero nunca pensé que me iban a atacar a mí”, confiesa. El misil impactó en el techo del edificio, atravesó un pasillo y salió por la ventana del baño de otro departamento. “Estamos vivos de milagro. Esto se vive una sola vez en la vida, como en las películas de Hollywood”.

El instinto de sobrevivir

Jesús Linares, de 48 años, dormía cuando un zumbido lo despertó. Al principio pensó que se trataba de fuegos artificiales de Año Nuevo. Segundos después, el impacto sacudió el edificio. Su hija de 16 años, que dormía a su lado, le preguntó qué ocurría. “Hija, nos están invadiendo”, le respondió.

Un segundo misil destruyó la entrada principal de su vivienda. “La onda expansiva me arrojó al piso y sentí un golpe en la cabeza”, recuerda. Descalzo, cruzó vidrios rotos para buscar zapatos y empacar algo de ropa para su hija y su madre, de 85 años. En medio del caos, encontró a una vecina herida y desorientada.

Coronel de bomberos con 28 años de servicio, Jesús reaccionó por instinto. Improvisó vendajes con una sábana para detener la hemorragia de la mujer. Su madre y su hija sufrieron solo traumatismos leves.

Al menos ocho departamentos quedaron destruidos en el Bloque 12. Hoy, Jesús colabora en las labores de reconstrucción y permanece alojado con familiares, con la esperanza de regresar algún día a su hogar.

Pero el impacto no fue solo material. Desde el ataque, se despierta cada noche a las 2:00 de la madrugada. “A esa hora se me devuelve la película”, dice. Es el recuerdo persistente del momento en que la guerra, que parecía lejana, cayó del cielo y cambió su vida para siempre.

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