Tres episodios de ajusticiamiento por mano propia registrados en los últimos días en distintas provincias del país han encendido las alertas sobre el deterioro de la confianza ciudadana en el sistema de justicia ecuatoriano. Los hechos ocurrieron en Chordeleg, Palora y Tena, donde pobladores decidieron actuar contra presuntos responsables de delitos graves, al considerar que las instituciones estatales no garantizan respuestas oportunas frente a la inseguridad.
Los casos se produjeron en un contexto marcado por el aumento de la violencia criminal y la creciente preocupación de la población por la impunidad. Aunque cada episodio tuvo circunstancias distintas, todos comparten un elemento común: ciudadanos que tomaron la justicia en sus propias manos.
Chordeleg: indignación tras el asesinato de un joyero
El caso más reciente ocurrió el 28 de mayo en Chordeleg, provincia del Azuay. La comunidad reaccionó con furia luego de un asalto armado a una reconocida joyería de la localidad, donde el propietario del establecimiento perdió la vida tras recibir varios disparos.
Tras el ataque, dos presuntos implicados fueron retenidos por un grupo de ciudadanos y posteriormente ajusticiados. El hecho generó un intenso debate sobre los límites de la reacción ciudadana frente a delitos que provocan gran conmoción social.
Palora: linchamiento tras crimen de exasambleísta
Tres días después, el 31 de mayo, un hecho similar se registró en Palora, provincia de Morona Santiago. Habitantes de la zona capturaron y lincharon a dos hombres señalados como presuntos responsables del asesinato de Cristian Waam, exasambleísta de la provincia.
La muerte del exlegislador causó una profunda indignación en la población, que decidió actuar antes de que los sospechosos fueran puestos a órdenes de las autoridades competentes.
Tena: castigo público por supuestos robos
En la provincia de Napo también se reportó un caso de justicia por mano propia. En el sector de Pumayaku, parroquia El Pano, ciudadanos capturaron a un hombre acusado de cometer reiterados robos en la zona.
El sospechoso fue castigado públicamente en plena vía y las imágenes del hecho fueron difundidas a través de redes sociales, generando opiniones divididas entre quienes respaldan estas acciones y quienes advierten sobre sus riesgos.
Una señal de desconfianza institucional
Para Paúl Torres, sociólogo e investigador en desarrollo de la sociedad, estos acontecimientos evidencian una profunda crisis de confianza en las instituciones encargadas de garantizar justicia y seguridad.
Según explicó, cuando los ciudadanos perciben que los delitos quedan impunes o que los procesos judiciales son excesivamente lentos, surge la sensación de que el Estado no tiene la capacidad de proteger a la población ni de sancionar eficazmente a los responsables.
A esta percepción se suma el impacto emocional que generan los hechos violentos. Los asesinatos, robos, secuestros y extorsiones provocan miedo, frustración e indignación, emociones que pueden desembocar en reacciones colectivas impulsivas.
Sin embargo, Torres advierte que la justicia por mano propia no resuelve el problema de fondo. Por el contrario, considera que estas prácticas debilitan el Estado de derecho, incrementan los niveles de violencia y abren la posibilidad de que personas inocentes sean castigadas sin que existan pruebas suficientes sobre su responsabilidad.
Quienes participan también pueden enfrentar procesos penales
Desde el ámbito jurídico, el abogado e investigador en justicia indígena, Italo Molina, recordó que las personas que intervienen en actos de ajusticiamiento pueden enfrentar severas consecuencias legales.
Explicó que el Código Orgánico Integral Penal (COIP) sanciona las agresiones físicas que causen lesiones a otra persona, independientemente de que esta sea sospechosa de haber cometido un delito.
Las penas pueden variar de acuerdo con la gravedad de las heridas ocasionadas. No obstante, cuando las agresiones derivan en la muerte de la víctima, los participantes podrían ser procesados por delitos como homicidio o asesinato, con sanciones que pueden alcanzar hasta los 26 años de prisión.
Molina enfatizó que la condición de presunto delincuente no elimina la protección legal que tiene cualquier persona ni exime de responsabilidad a quienes participen en actos violentos.
Además, señaló que la responsabilidad penal no recae únicamente sobre quienes ejecutan las agresiones. También podrían ser investigadas las personas que incentiven, colaboren o impidan que la víctima reciba asistencia oportuna.
Un fenómeno que preocupa
Los recientes casos registrados en Azuay, Morona Santiago y Napo reflejan una creciente tensión entre la percepción ciudadana de inseguridad y la capacidad institucional para responder a la delincuencia.
Si bien la indignación social frente a hechos violentos resulta comprensible, especialistas coinciden en que la justicia por mano propia puede generar nuevas víctimas, profundizar los conflictos sociales y derivar en graves consecuencias legales para quienes participan en estos actos.
El desafío para las autoridades sigue siendo fortalecer la confianza ciudadana mediante respuestas efectivas, procesos judiciales oportunos y mecanismos que garanticen tanto la seguridad como el respeto al Estado de derecho.







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