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Cuenca no puede resignarse a vivir con miedo

Durante décadas, Cuenca ha sido un símbolo de equilibrio, cultura y bienestar en Ecuador. Sus calles empedradas, su patrimonio arquitectónico y su entorno natural la convirtieron en un refugio ideal tanto para quienes crecieron en ella como para cientos de migrantes —nacionales y extranjeros— que la eligieron para rehacer sus vidas. En Cuenca se respiraba tranquilidad. La inseguridad parecía un problema lejano, propio de otras realidades. Pero esa percepción comienza a desmoronarse.

En apenas diez días, seis personas fueron asesinadas en distintos sectores del cantón. Los crímenes, según información policial, estarían vinculados a una disputa interna dentro de la organización delictiva Los Lobos, una de las más violentas del país. Esta escalada de violencia se da luego de la reciente condena a varios líderes de esta banda, lo que habría provocado un reacomodo sangriento en sus estructuras.

La violencia, que durante mucho tiempo parecía ajena a Cuenca, ha empezado a abrirse paso. La ciudad, acostumbrada a la convivencia pacífica, enfrenta ahora el riesgo de perder su esencia. Y lo que ocurre en otras urbes del país —como Guayaquil, Manta o Machala— debe ser una advertencia contundente: cuando la violencia no se enfrenta con acciones firmes y a tiempo, rápidamente se institucionaliza, se vuelve rutina, y quebranta el tejido social e institucional.

La respuesta no puede esperar

Frente a este panorama, las autoridades locales y nacionales no pueden permitirse la inacción. La responsabilidad es compartida: el Municipio, la Gobernación del Azuay, la Policía Nacional y el Gobierno central deben trabajar de manera articulada y eficaz. Las reuniones del Consejo de Seguridad Ciudadana, como la que está convocada para este miércoles 22 de octubre de 2025, deben pasar de las palabras a los hechos.

Cuenca necesita planes de seguridad sostenibles, medibles y con resultados visibles. Los operativos intermitentes y los discursos tranquilizadores ya no son suficientes. La población requiere una estrategia integral que combine prevención, inteligencia policial, fortalecimiento institucional y presencia estatal efectiva en los barrios.

Una ciudadanía vigilante y participativa

Pero el desafío no es exclusivo del Estado. La ciudadanía también juega un rol clave. La recuperación de la confianza en las instituciones se construye con transparencia, rendición de cuentas y resultados concretos. Sin embargo, esa confianza debe ser también alimentada por una comunidad participativa, informada y corresponsable, capaz de articularse en defensa de su entorno.

Cuenca no puede entrar en la lista de ciudades asediadas por el crimen. Su historia y su presente la colocan aún en una posición privilegiada para resistir y revertir esta tendencia. Pero el tiempo apremia. Cada día que pasa sin una reacción decidida, la violencia se afianza.

Preservar la ciudad que conocemos

No es exagerado decir que está en juego el alma de la ciudad. Cuenca merece seguir siendo ese espacio donde la vida se desarrolla con calma, donde la gente camina sin miedo, donde los parques, las plazas y los barrios son escenarios de convivencia. No hay margen para la indiferencia ni para el conformismo.

La lucha contra el crimen organizado debe ser frontal, estratégica y persistente. No solo para evitar que la violencia eche raíces, sino para preservar la esencia de una ciudad que, por derecho y por historia, merece seguir siendo un ejemplo de paz en medio de la tormenta que enfrenta el país.

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