No son solo especies llamativas ni reliquias de la biodiversidad andina. Los sapos jambato y la lagartija coliazul cumplen un rol clave en el equilibrio ecológico de la provincia del Azuay. Sin embargo, hoy su existencia pende de un hilo: tres especies de anfibios y un reptil tienen en esta provincia su único hábitat natural y se encuentran al límite de la extinción.
En el caso de los anfibios, se trata de los conocidos jambatos de Azuay, sapos del género científico Atelopus que habitan única y exclusivamente en puntos específicos de la provincia. Aunque en Ecuador se registran al menos 25 especies de jambatos, cada una es endémica de su zona y cumple funciones ecológicas irremplazables.
En Azuay se reconocen tres especies: el Atelopus bomolochos, conocido como jambato de Azuay, que habita en cantones orientales como Sígsig, Chordeleg y Gualaceo; el Atelopus nanay o jambato negro del Cajas, exclusivo de esta área protegida; y el Atelopus exiguus, llamado jambato del bosque de Mazar, considerado el más amenazado de los tres.
“Al que peor le va es al jambato del bosque de Mazar”, explica Fausto Siavichay, biólogo del Centro de Conservación de Anfibios de la Fundación Amaru. Antes de 2020, tras tres años de monitoreo en el Parque Nacional Cajas, apenas se lograron identificar dos ejemplares de esta especie. “Es como buscar una aguja en un pajar”, resume.
El jambato negro del Cajas tampoco escapa a esta realidad. Su color oscuro y su carácter endémico lo convierten en una especie única en el mundo, pero también extremadamente vulnerable. En la misma lucha por sobrevivir se encuentra el jambato de Azuay, cuya población disminuye aceleradamente en zonas rurales de la provincia.
La principal amenaza, según Siavichay, es la acción humana: urbanización descontrolada, apertura de carreteras sin planificación, acumulación de basura, turismo excesivo, presencia de animales ferales y ampliación de la frontera agrícola. A ello se suman el cambio climático y la introducción de especies exóticas como la trucha, que altera los ecosistemas acuáticos.
Paradójicamente, estos pequeños anfibios cumplen una función vital para la ciudad. “La pureza del agua de Cuenca depende de este sapo”, afirma el biólogo. Los jambatos se alimentan de detritos orgánicos y ayudan a depurar los riachuelos, mejorando la calidad de las fuentes hídricas que abastecen a la población.
La lagartija que volvió del olvido
La otra protagonista de esta lucha silenciosa es la lagartija coliazul (Holcosus orcesi), un reptil endémico del valle de Yunguilla. Durante más de 50 años se la creyó extinta, hasta que recientemente se detectaron menos de diez individuos en estado silvestre en Azuay.
Este reptil, de pecho y cola azul brillante, requiere temperaturas templadas y una cercanía constante a fuentes de agua. Es clave para el equilibrio del ecosistema agrícola, pues se alimenta de insectos que afectan los cultivos. No obstante, su principal amenaza son los gatos y las aves, además de la pérdida de su hábitat.
Clasificada por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como especie en riesgo crítico, la lagartija coliazul es hoy uno de los símbolos más frágiles de la biodiversidad local.
Un esfuerzo que requiere apoyo colectivo
La Fundación Amaru, con autorización del Ministerio del Ambiente, lidera el rescate, conservación y reproducción de estas especies en riesgo. Su director, Ernesto Arbeláez, recuerda que el objetivo es desarrollar estrategias que garanticen su supervivencia y mantengan un respaldo genético ante una posible extinción acelerada.
“Tradicionalmente se ha visto al cóndor y al oso andino como las especies emblemáticas de Azuay, pero los jambatos y la lagartija coliazul también merecen ese lugar”, señala. Por ello, se impulsan programas avalados por organismos internacionales y campañas de concienciación para frenar la caza y el deterioro ambiental.
La supervivencia de estas especies no depende únicamente de fundaciones o especialistas. Requiere del compromiso de la sociedad, de los visitantes de áreas naturales como el Cajas y, sobre todo, de un marco legal y normativo más sólido que garantice la protección de sus hábitats.
En Azuay, la biodiversidad habla en voz baja. Escucharla y protegerla es una responsabilidad colectiva antes de que el silencio sea definitivo.







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