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Bienal de Cuenca: 41 años desafiando el elitismo del arte y acercándolo a la ciudadanía

A sus 41 años de trayectoria, la Bienal de Cuenca atraviesa uno de los momentos más importantes de su historia. Lo que nació como un espacio dedicado a la pintura se ha transformado en una plataforma internacional de arte contemporáneo que busca romper barreras, democratizar el acceso a la cultura y convertir a la ciudadanía en protagonista de la experiencia artística.

Al frente de esta nueva etapa está Hernán Pacurucu Cárdenas, director de la Fundación Bienal de Cuenca, quien sostiene que el principal desafío ya no es únicamente exhibir arte de calidad, sino lograr que la cultura deje de ser percibida como un privilegio reservado para unos pocos y se convierta en un derecho accesible para todos.

Una bienal que supo transformarse para sobrevivir

La permanencia de la Bienal de Cuenca durante más de cuatro décadas constituye un hecho excepcional en América Latina. Mientras numerosos eventos artísticos de relevancia regional desaparecieron con el paso del tiempo, la Bienal ecuatoriana logró mantenerse vigente gracias a una constante capacidad de adaptación.

Para Pacurucu, esa evolución fue determinante.

“La Bienal ha sabido transformarse de acuerdo con los cambios estéticos, críticos y políticos de cada época. Pasó de ser una bienal centrada en la pintura a convertirse en un espacio de arte contemporáneo capaz de dialogar con las problemáticas actuales. Esa capacidad de cambio es la que explica su permanencia”, afirma.

A su juicio, otro factor decisivo fue la comprensión institucional de que el proyecto debía mantenerse al margen de los vaivenes políticos. Esa autonomía permitió que la Bienal continuara desarrollándose incluso durante períodos complejos como la pandemia, las protestas sociales y las crisis económicas.

Hoy, sostiene, la Bienal de Cuenca ocupa un lugar privilegiado en el continente.

“Está prácticamente a la altura de la Bienal de La Habana y es considerada la segunda bienal más importante de América Latina”, señala.

Construir memoria cultural más allá de las exposiciones

Con la participación de artistas provenientes de más de 70 países, la Bienal se ha convertido también en un espacio de construcción de memoria cultural.

Sin embargo, para Pacurucu, el reto de una institución pública no puede limitarse a organizar exposiciones cada dos años.

“Dirigir la Bienal es una enorme responsabilidad. No puede convertirse en un evento de cócteles o encuentros para especialistas. Tiene que responder a la ciudadanía”, sostiene.

Bajo esa visión nacieron programas como la Bienal de Puertas Abiertas y la Bienal de Cielo Abierto, iniciativas que buscan sacar el arte de los museos para instalarlo en calles, plazas, barrios y espacios públicos.

Murales, esculturas e intervenciones urbanas han permitido recuperar lugares abandonados y resignificar sectores de la ciudad a través del arte.

“La gente se apropia de estos espacios. Los murales se respetan porque pasan a formar parte de la identidad de los barrios”, explica.

Romper las puertas del museo

Uno de los conceptos que más impulsa la actual administración es el de una Bienal abierta y cercana.

Pacurucu considera que durante décadas el arte permaneció encerrado en instituciones culturales y espacios académicos que, consciente o inconscientemente, generaban distancia con amplios sectores de la población.

“Había que dar un siguiente paso. Mucha gente siente que los museos no son lugares para ellos. Nosotros queremos demostrar exactamente lo contrario”, afirma.

La estrategia ha consistido en llevar actividades a parroquias rurales, implementar bibliotecas móviles, instalar kioscos de arte y desarrollar materiales pedagógicos innovadores como el álbum de cromos de la Bienal.

El objetivo es sencillo pero ambicioso: que cualquier ciudadano pueda acercarse al arte sin sentirse excluido.

Los resultados, según la institución, comienzan a reflejarse en las cifras. La asistencia pasó de aproximadamente 85 mil visitantes a más de 120 mil durante las últimas ediciones.

“Ese crecimiento no ocurrió por casualidad. Es el resultado de una fuerte apuesta educativa”, destaca.

De recibir artistas a exportar talento ecuatoriano

La internacionalización es otro de los ejes que ha marcado la transformación reciente de la Bienal.

Pacurucu sostiene que durante años el evento se limitó a recibir artistas extranjeros sin generar mayores beneficios para la proyección internacional de los creadores nacionales.

Esa lógica, asegura, comenzó a cambiar.

“Hemos establecido convenios con bienales y espacios internacionales en Valparaíso, Trujillo, Nueva York y Chile. Ahora no solo recibimos artistas; también generamos oportunidades para que los ecuatorianos circulen en escenarios internacionales.”

La institución considera que este tipo de alianzas constituye una forma más efectiva de medir su impacto, más allá del número de visitantes o de exposiciones realizadas.

Cuenca: una ciudad convertida en museo

A diferencia de otras bienales del mundo que se desarrollan en grandes recintos cerrados, la experiencia cuencana se construye a partir del recorrido urbano.

Museos, casas patrimoniales, galerías privadas y espacios públicos se convierten en escenarios de exhibición que integran el arte con la dinámica cotidiana de la ciudad.

Para Pacurucu, esta característica representa una de las mayores fortalezas del evento.

“La ciudad misma forma parte de la experiencia artística. Eso genera movimiento cultural, turístico y económico”, explica.

La transformación también alcanzó los tradicionales actos inaugurales.

Las ceremonias exclusivas y restringidas fueron reemplazadas por eventos abiertos en plazas públicas como San Blas o la Plaza del Carbón.

“El arte no está hecho para formar artistas. Está hecho para formar mejores ciudadanos y para recordar que la cultura también es un derecho público”, enfatiza.

El desafío de acercar el arte contemporáneo a la gente

Una de las críticas más frecuentes hacia el arte contemporáneo es su aparente dificultad para conectar con el público general.

Pacurucu considera que esa percepción responde, en gran medida, a una construcción promovida por determinadas élites culturales.

“Se instaló la idea de que el arte necesita intermediarios para ser comprendido y eso genera relaciones de poder entre quienes supuestamente saben y quienes no. Nosotros creemos que la sensibilidad ya existe en las personas; solo hay que crear espacios para desarrollarla.”

Por ello, las últimas ediciones incorporaron formatos más accesibles y cercanos a públicos jóvenes.

La muestra denominada The Game, por ejemplo, utilizó el universo de los videojuegos como punto de entrada para abordar temas más complejos vinculados al arte contemporáneo.

A ello se sumaron recorridos nocturnos, actividades con ciclistas, programas para adultos mayores y proyectos educativos dirigidos a escuelas rurales.

“El objetivo es que toda Cuenca sienta que la Bienal le pertenece”, resume.

Internacionalización sin perder identidad

Con la mirada puesta en la XVIII Bienal de 2027, la institución proyecta fortalecer aún más su presencia internacional.

Lejos de considerar que ello represente una amenaza para los artistas locales, Pacurucu sostiene que la apertura global constituye una oportunidad.

“Mientras más internacionales somos, más posibilidades tenemos de mostrar a nuestros artistas ecuatorianos.”

Incluso, explica, los estatutos fueron modificados para garantizar que al menos el 33 % de los participantes de cada edición sean ecuatorianos.

“La internacionalización debe funcionar como una vitrina para lo local, nunca como un reemplazo”, sostiene.

Un puente entre Ecuador y el mundo

La reciente designación de Hernán Pacurucu como Curador para Sudamérica del Museum of Contemporary Art of the Americas (MoCAA) ha reforzado aún más los vínculos internacionales de la Bienal.

Ante las críticas surgidas por este nombramiento, el director responde que su trayectoria internacional supera las dos décadas y que dichas responsabilidades complementan su trabajo en Cuenca.

“Todas las actividades externas son financiadas por las instituciones que me invitan y las realizo durante mis vacaciones. Lejos de afectar a la Bienal, estas conexiones permiten reducir costos, atraer curadores internacionales y abrir nuevas oportunidades para nuestros artistas.”

Ecuador frente a los desafíos del arte contemporáneo

Para Pacurucu, uno de los principales retos del país se encuentra en la formación de nuevos curadores capaces de posicionar el arte ecuatoriano en escenarios internacionales.

“Existe una precariedad curatorial importante. Por eso estamos impulsando programas académicos con especialistas internacionales para formar nuevas generaciones.”

A pesar de ello, considera que los artistas ecuatorianos poseen un nivel competitivo frente a cualquier país de la región.

“El talento existe. Lo que necesitamos son más plataformas de visibilización y circulación.”

La lucha contra las hegemonías culturales

En un sistema artístico mundial históricamente dominado por grandes centros culturales, Pacurucu defiende el papel de ciudades periféricas como Cuenca.

“La Bienal ha demostrado que no es necesario tener los presupuestos de São Paulo para alcanzar un nivel conceptual comparable.”

A su juicio, uno de los problemas históricos de América Latina ha sido asumir que todo lo extranjero es superior.

“Tenemos que dejar de sentirnos inferiores y confiar en nuestras propias capacidades culturales.”

La herencia que quiere dejar

Cuando se le pregunta cómo le gustaría ser recordado, Pacurucu evita cualquier discurso personalista.

“No me interesa que digan que lo cambié todo. La Bienal es el resultado de décadas de trabajo, aprendizajes y esfuerzos colectivos.”

Su aspiración es más institucional que individual: consolidar una Bienal sólida, resistente a los cambios políticos y capaz de garantizar su continuidad en el tiempo.

“Estamos aquí para servir al ciudadano. Lo importante es fortalecer el arte como un derecho público y no como un privilegio.”

A 41 años de su creación, la Bienal de Cuenca parece haber asumido precisamente ese desafío: dejar de ser un acontecimiento reservado para especialistas y convertirse en un espacio donde el arte dialogue con la vida cotidiana de la ciudad, sus barrios y sus habitantes. Porque, como insiste su director, la gran tarea pendiente no es únicamente formar artistas, sino construir una sociedad que reconozca en la cultura una herramienta de ciudadanía y transformación social.

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