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Los oficios que resisten al tiempo: cinco historias que mantienen viva la tradición de Cuenca

En las calles, mercados y plazas de Cuenca todavía sobreviven oficios que han acompañado a la ciudad durante generaciones. Aunque la tecnología, los cambios en los hábitos de consumo y las nuevas dinámicas económicas han transformado la vida urbana, actividades como la venta de periódicos, el lustrado de zapatos, la venta de pan artesanal, la preparación de espumillas y las limpias con plantas medicinales continúan formando parte del paisaje cotidiano de la capital azuaya.

Detrás de cada uno de estos oficios hay historias de esfuerzo, herencia familiar y resistencia. Sus protagonistas han dedicado décadas de trabajo a mantener vivas prácticas que hoy representan no solo una fuente de sustento, sino también un patrimonio cultural de la ciudad.

El legado canillita de la familia Tuba

La palabra “canillita” —que según la Real Academia Española designa al vendedor callejero de periódicos— llegó a consolidarse en varios países de América Latina, incluido Ecuador. Sin embargo, en Cuenca, como explica el historiador Diego Arteaga, durante mucho tiempo a los vendedores de diarios se los conocía como “guambras”.

Una de las representantes más emblemáticas de este oficio es María del Carmen Tuba, de 62 años, quien ha dedicado gran parte de su vida a la venta de periódicos. Antes trabajaba como empleada doméstica, pero la influencia de su hermana la llevó a convertirse en canillita.

Con el paso del tiempo, el oficio se transformó en un legado familiar. Sus hijas, Janeth Tuba y Fernanda Arias Tuba, también mantienen actividades comerciales vinculadas a la venta de lotería, cuentos y otros productos en distintos puntos de la ciudad.

María recuerda que años atrás las ventas eran mucho más altas y que hoy el avance de la tecnología y el uso masivo de teléfonos celulares han reducido drásticamente la demanda de periódicos impresos. Para adaptarse, complementa su negocio con la venta de artículos de aseo personal en un puesto fijo ubicado en las calles Presidente Córdova y Tarqui.

Dos adultos mayores enamorados del pan

La elaboración y venta de pan es uno de los oficios más antiguos de Cuenca, con raíces que se remontan a la época colonial.

María Aida Sáenz de Arias, de 75 años, y su esposo Luis Gonzalo Arias llevan más de cuatro décadas dedicados a esta actividad. Mientras él elabora el pan desde las tres de la madrugada, María recorre sectores como Convención del 45, El Vado, Calle Larga y el Parque Calderón para vender el producto artesanal.

Los ingresos apenas alcanzan para cubrir arriendo, servicios básicos y medicamentos. Aun así, María continúa trabajando todos los días, incluso después de haber sobrevivido a un grave accidente de tránsito en el sector del Corazón de Jesús, donde sufrió múltiples fracturas y permaneció varios días en cuidados intensivos.

Para ella, mantenerse activa es una forma de conservar la salud física y emocional. Su historia refleja la realidad de muchos adultos mayores que continúan trabajando pese a las dificultades económicas y de salud.

Más de 40 años lustrando zapatos

En los alrededores del Parque Calderón todavía es posible encontrar a los betuneros, un oficio que durante décadas fue parte inseparable del centro histórico de Cuenca.

Manuel Mario Ortiz Molino lleva 43 años dedicado al lustrado de calzado. Comenzó cuando tenía alrededor de 30 años, en una época en la que el uso de zapatos de cuero era generalizado y la demanda del servicio era constante.

Hoy la situación es muy distinta. El auge del calzado deportivo y los cambios en la forma de vestir redujeron considerablemente el número de clientes. Sus ingresos oscilan entre cinco y diez dólares diarios, dinero que debe destinar a alimentación, transporte y materiales de trabajo.

Debido al desgaste físico y a su edad, dejó de recorrer las calles y actualmente atiende bajo los arcos coloniales de la Gobernación del Azuay, entre las calles Sucre y Benigno Malo. Para complementar sus ingresos, también realiza labores agrícolas en la parroquia Santa Ana.

María Cajamarca, la sanadora del mercado

Las limpias con plantas medicinales forman parte de una tradición que combina conocimientos ancestrales indígenas con elementos incorporados durante la época colonial.

En el Mercado 10 de Agosto trabaja María Cajamarca, de 60 años, quien aprendió el oficio de su abuela hace más de tres décadas. Ella utiliza plantas como ruda, santa maría, chilca y altamisa, además del tradicional huevo de gallina para realizar la conocida “lectura del huevo”.

Las limpias se realizan principalmente los martes y viernes, días que María considera de mayor efectividad espiritual. Según explica, estas prácticas buscan aliviar el mal aire, los nervios, el estrés y las malas energías.

El servicio cuesta tres dólares y es solicitado tanto por cuencanos como por turistas nacionales y extranjeros. Cada día, María viaja desde Santa Ana hasta el mercado para mantener viva una práctica que forma parte de la medicina popular y de la identidad cultural de la ciudad.

La espumilla, un dulce que sigue conquistando las calles

La espumilla, uno de los postres más representativos de Cuenca, también tiene sus guardianes.

Alexandra Velázquez, de 32 años, prepara y vende espumillas desde la adolescencia. Aprendió la técnica observando a una compañera de trabajo y luego enseñó el oficio a su madre y a su hermana, convirtiéndolo en un sustento familiar.

Cada mañana elabora el dulce con guayaba, azúcar y claras de huevo, batiendo la mezcla completamente a mano. El proceso tarda entre 45 minutos y una hora, y luego sale a recorrer escuelas, colegios y distintos barrios de la ciudad, especialmente Totoracocha.

En los días de mayor demanda, sus ventas pueden alcanzar entre 30 y 40 dólares diarios. Para garantizar la frescura del producto, solo comercializa la producción del día y evita guardar excedentes.

Oficios que aún dan vida a la ciudad

Aunque algunos permanecen en un puesto fijo y otros recorren largas distancias bajo el sol, la lluvia o el frío, todos comparten una misma realidad: dependen de lo que logren vender cada jornada para sostener a sus familias.

Los mercados, las plazas y las calles de Cuenca siguen siendo escenario de estos oficios tradicionales que, pese a los cambios de la modernidad, continúan resistiendo. Más que actividades económicas, representan historias de perseverancia y un vínculo vivo con la memoria y la identidad de la ciudad.

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