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Las billeteras digitales se extienden entre jóvenes y pequeños negocios, reduciendo el uso de efectivo en la ciudad

En La Panadería, ubicada en la avenida 12 de Octubre, el pan ya no se paga únicamente con monedas. Indira Arce, vendedora del local, confirma que las transferencias electrónicas son parte de la rutina diaria: desde 20 centavos por una pieza de pan hasta pedidos que superan los 80 dólares en tortas y productos para reuniones familiares.

“El monto más bajo que nos han transferido es 20 centavos por un pan, pero es normal que nos cancelen tortas y bastante pan con pagos móviles”, comenta mientras atiende a un cliente que escanea un código QR desde su celular.

Lo que antes parecía un servicio exclusivo de supermercados o grandes cadenas ahora forma parte del comercio barrial. La escena se repite en tiendas, cafeterías y bazares de distintos sectores de la ciudad, donde el teléfono móvil ha desplazado progresivamente al efectivo.

Para el economista y docente universitario Marcelo Mejía, este fenómeno responde principalmente a un cambio generacional. “El mayor uso se concentra en jóvenes universitarios y personas hasta los 35 o 40 años. Ellos están mucho más familiarizados con la tecnología y con el uso de aplicaciones móviles”, explica.

Según el analista, incluso la dinámica familiar ha cambiado. Muchos padres han reemplazado el tradicional “dinero de bolsillo” por depósitos digitales. En lugar de entregar billetes para el refrigerio o el transporte, transfieren dinero a cuentas vinculadas a aplicaciones móviles. Con ello, los estudiantes pagan alimentación, transporte público, copias o pequeñas compras mediante códigos QR.

“Antes hablábamos de dinero de bolsillo; hoy hablamos de billetera digital. En vez de llevar cuatro dólares sueltos, llevan diez dólares en la aplicación y van pagando poco a poco”, señala Mejía.

Tamara Orellana, estudiante universitaria de 22 años, confirma esa transición. A diario cancela sus almuerzos mediante Deuna, la aplicación del Banco Pichincha. Realiza pagos desde 1,25 dólares. “Es más práctico escanear el código y cancelar. No tengo que preocuparme por tener sencillo”, afirma.

En la Universidad de Cuenca, la tendencia es evidente. Nancy Criollo, administradora del bar de jurisprudencia de la Universidad de Cuenca, asegura que más del 80% de los consumidores paga con aplicaciones móviles de diferentes bancos y cooperativas.

“Eso nos beneficia también porque el dinero va directo a los bancos y no hay problemas de robos al no tener que ir a depositar”, explica. La reducción del manejo de efectivo no solo agiliza las ventas, sino que también disminuye riesgos de seguridad.

Ecuador, entre los países que más prefieren pagos digitales

El avance de las billeteras digitales no es un fenómeno aislado. De acuerdo con el Informe Microeconómico de América Latina y el Caribe “Más allá del dinero en efectivo: La revolución de los pagos digitales”, publicado por el Banco Interamericano de Desarrollo, el 77 % de los encuestados en Ecuador prefiere usar pagos digitales en lugar de efectivo, uno de los porcentajes más altos de la región.

“Ecuador está entre los países donde una mayoría significativa prefiere pagar digitalmente, lo que refleja una tendencia sólida hacia la digitalización”, destaca Mejía.

El economista considera que el crecimiento en pequeños negocios ha sido impulsado también por cooperativas de ahorro y crédito como la Cooperativa JEP y la Cooperativa Jardín Azuayo, que han promovido activamente el uso de aplicaciones móviles entre sus socios.

“Han realizado un trabajo importante de concientización con sus socios que tienen tiendas o emprendimientos, para que acepten transferencias digitales”, indica.

En esa línea surgió la Red Chas, un sistema que permite pagar y cobrar con códigos QR de forma inmediata y sin costos adicionales. La integran cooperativas como Jardín Azuayo, CAJA, Gañansol, Fasayñan, YUYAY, Cañar Ltda., Señor de Girón, PAIS, Nueva Esperanza y Unión El Ejido, con el objetivo de facilitar transacciones entre pequeños comercios y usuarios.

Inclusión financiera y dinamización local

El gerente de Jardín Azuayo, Juan Carlos Urgilés, explica que la expansión de pagos electrónicos con QR responde a una estrategia de inclusión financiera, económica y social.

El sistema permite que pequeños negocios —muchos de carácter familiar y liderados por mujeres— accedan a medios de pago sin los costos elevados de las tarjetas de débito o crédito. Con solo un celular y una cuenta activa, pueden recibir pagos y ampliar su clientela.

A diferencia de las tarjetas, que cobran comisiones por transacción, el sistema QR no genera recargos para el usuario. Esto favorece la circulación del dinero dentro de los barrios y fortalece economías locales que antes dependían exclusivamente del efectivo.

Además, el modelo reduce riesgos. Si se pierde el celular, las transacciones están protegidas mediante claves o huellas digitales y cuentan con límites diarios, lo que disminuye posibles pérdidas.

El costo de depender del efectivo

Detrás del impulso al dinero digital existe también un factor estructural. Ecuador, al ser un país dolarizado, debe importar billetes y monedas para su circulación. Según Mejía, el dinero físico en el país se deteriora más rápido que en Estados Unidos debido a su intensa circulación.

Mientras en ese país los billetes pueden durar hasta diez años, en Ecuador su vida útil oscila entre tres y cinco años. Esto obliga a importar constantemente nuevos dólares y asumir costos adicionales por su reposición.

“Cada dólar físico que ingresa implica un costo. Mientras más se utilice dinero digital, menor es la necesidad de reponer billetes y monedas deterioradas”, explica el economista.

A pesar de que en mercados populares y entre adultos mayores el efectivo sigue siendo predominante —principalmente por razones culturales y de familiaridad tecnológica—, la tendencia global apunta hacia una reducción progresiva del dinero físico.

En Ecuador, el cambio ya se percibe en los barrios, en los campus universitarios y en pequeños negocios donde el sonido del escáner QR comienza a reemplazar el tintinear de las monedas.

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