Hace medio siglo, una tragedia aérea marcó para siempre la historia de Ecuador y dejó a decenas de familias sumidas en una espera que parecía no tener final. El 15 de agosto de 1976, el vuelo 232 de SAETA desapareció mientras cubría la ruta Quito-Cuenca. A bordo viajaban 59 personas, entre pasajeros y tripulantes.
El avión, un Vickers Viscount de la Sociedad Anónima Ecuatoriana de Transportes Aéreos (SAETA), despegó del aeropuerto de Quito a las 08:06. Veintiún minutos después, a las 08:27, la tripulación reportó su posición sobre Ambato. Ese fue el último contacto conocido con la aeronave.
Después, silencio.
La desaparición desencadenó una intensa operación de búsqueda por aire y tierra. Sin embargo, las condiciones climáticas y la complejidad de la geografía andina dificultaron las labores. La hipótesis inicial apuntó a un posible accidente en la cordillera del Condorazo, pero los equipos de rescate no encontraron el avión.
Una espera que duró 26 años
Para los familiares de los pasajeros comenzó entonces una etapa marcada por la incertidumbre. Durante años circularon distintas hipótesis sobre lo ocurrido. Se habló de un posible secuestro, de que la aeronave habría caído en la laguna de Culebrillas e incluso surgieron versiones de carácter sobrenatural.
Pero detrás de todas esas especulaciones había familias que necesitaban una respuesta.
Entre ellas estaba la familia de Raquel Samaniego, maestra y mujer recordada por su labor altruista en la comunidad de Sígsig. Ella viajaba en el vuelo junto a otras 58 personas.
Sus hijas, Mireya y Francisca, crecieron con la esperanza de que su madre pudiera haber sobrevivido. El recuerdo de los sobrevivientes del vuelo 571 de la Fuerza Aérea Uruguaya, ocurrido en los Andes en 1972, alimentó durante años esa posibilidad.
“Sabíamos cómo era mamá, valiente, fuerte. Pensábamos que podía estar en alguna parte”, recuerdan.
La respuesta finalmente llegó 26 años después de la desaparición.
En octubre de 2002, los andinistas Pablo Chíquiza y Flavio Armas localizaron los restos de una aeronave a aproximadamente 5.550 metros de altura, en el Chimborazo. Posteriormente se confirmó que correspondían al vuelo 232 de SAETA.
La zona, cubierta parcialmente por el glaciar y de difícil acceso, fue declarada camposanto, debido a que no fue posible recuperar todos los restos humanos.
“Fue una vida sin vida”
Para las familias, el descubrimiento significó el final de una espera que había durado más de dos décadas.
En el caso de Raquel, su esposo, Rafael Pesántez P., había mantenido durante años la esperanza de encontrarla con vida. Antes de conocer el destino de la aeronave escribió un texto profundamente emotivo titulado “Vuelo a las estrellas”, dedicado a su esposa.
En sus palabras convirtió el dolor de la incertidumbre en un homenaje a la mujer con quien había compartido su vida.
“Partir es morir un poco”, escribió.
Pesántez describió a Raquel como una mujer fuerte, solidaria, madre abnegada y compañera de vida. Recordó su amor por las orquídeas y la naturaleza, así como aquellos pequeños detalles que, con el paso del tiempo, se transformaron en recuerdos imborrables.
Para su familia, el hallazgo de la aeronave permitió finalmente aceptar una verdad que durante años había permanecido suspendida entre la esperanza y el dolor.
Raquel, más allá de la tragedia
Medio siglo después, la historia de Raquel Samaniego no se reduce a haber sido una de las víctimas de aquella tragedia aérea.
Fue maestra y, durante la década de 1960, participó en la administración pública del Sígsig. Sus familiares la recuerdan por su carácter solidario y por su disposición permanente para ayudar a quienes lo necesitaban.
Su vida quedó inmortalizada también en las palabras de su esposo, quien encontró en la escritura una manera de mantener viva su memoria.
El accidente del vuelo 232 de SAETA no solo dejó una cifra de víctimas. Dejó familias que durante años no tuvieron un lugar donde despedirse, fotografías que se convirtieron en tesoros y recuerdos que sobrevivieron al paso de las décadas.
Medio siglo después, la memoria permanece
A 50 años de la desaparición del vuelo 232, aquella tragedia continúa formando parte de la memoria colectiva de Cuenca y del Ecuador.
El tiempo no borró la ausencia. Tampoco las preguntas que acompañaron durante décadas a quienes esperaban una noticia.
Pero el hallazgo del avión en las alturas del Chimborazo permitió cerrar una historia que permaneció abierta durante 26 años.
Hoy, medio siglo después, la tragedia también es una historia de amor, esperanza y memoria.
Una historia que comenzó con un avión que partió de Quito rumbo a Cuenca y terminó, para 59 personas, en las alturas del Chimborazo.
Y para quienes quedaron en tierra, comenzó una espera que duró toda una vida.







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